Sin luna de mar

Sigo sentada en el porche, la conversación de los corzos hace rato que se ha alejado. La quietud y el silencio del bosque es sobrecogedora de nuevo; parece que toda vida se ha esfumado. Solamente el olor a tierra fértil invade  mi sentido olfativo recordándome donde estoy. Meciéndome  en la silla, ensimismada frente a tanta oscuridad, mi cabeza soñadora desliza poco a poco hacia otro tipo de sensación tantas veces sentida, tantas veces vivida. Esas largas noches tropicales sin luna en el mar, en donde rara vez el silencio es absoluto. Incluso en los días de calma total, el murmullo de la brisa  o el rozar del agua en el casco del barco, tienen siempre algo que contar. Noches negras en donde  mar y cielo se juntan, separados sólo por el poder de las estrellas, protagonistas en un firmamento exento de nubes y luna.

Sigo derivando en mis recuerdos y visualizo una noche en concreto; una noche sin calma ni silencio.

Un viento constante soplaba  este-sureste haciendo avanzar la embarcación con rumbo sur, en una mar aceptablemente agitada. Aferrada a la caña del barco con mano firme pero sin forzar, ayudada con la presión de mis piernas bien acopladas en el cockpit, disfrutaba en alerta, de esos momentos de acelaraciones en el que el velero escorado rompía con suavidad el mar. De vez en cuando una ola corta y despistada chocaba contra el casco del barco salpicándome con sus gotas saladas. El viento sonaba en la jarcia y ninguna otra luz a parte de la de los astros me rodeaba. El halo de  luz de la última isla avistada, hacía un par de horas que se había quedado atrás.

Después de una hora más de cielo despejado, poco a  poco  empezó  a cubrirse; las estrellas desaparecían progresivamente y las aceleraciones aumentaban a medida que las nubes invisibles se imponían. Concentrada y al mismo tiempo perdida en la contemplación del cielo, un golpe en la cara me sacó rapidamente de todo pensamiento; era como si la mano enfadada de un eventual Dios castigador me hubiese dado un cachete en toda la mejilla. Mis ojos se abrieron como platos intentando visualizar alguna anomalía en el material naútico que me rodeaba, pero nada llamo mi atención. El barco seguía su rumbo indiferente a mi estupor. Me toqué la cara  dolorida, salada y mojada convenciéndome a mí misma que no era víctima de una alucinación física.

De repente una vibración en el fondo del cockpit captó mi desconcierto. Algo se debatía frenéticamente produciendo un sin fin de ruidos secos. Enfoqué mi retina todo lo que pude y lo que descubrí  me hizo  reir. Un pez volador con mucha puntería se había cruzado en su camino con mi rostro.  Sin soltar la caña, lo atrapé como pude devolviéndole su saltarina libertad, haciéndome pensar que incluso cuando te crees lejos de todo,  nunca estás solo.

R.R

St Barth

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